(7 años de extravagantes aventuras)

sábado, 24 de marzo de 2012

LA LAGARTIJA

Aquí os dejo un cuento breve que escribí hace unos meses:

Vivo en una calle cortada de uso particular, en un lado hay tres portales, en el otro cuatro y entre medias un terrible barullo de automóviles que quieren aparcar tengan o no sitio (ellos no, sus propietarios porque los automóviles no quieren nada por sí mismos. De momento). Aunque esta calle no mide más de setenta metros y nace de otra más grande y más concurrida, la verdad es que no tiene mucho tránsito, en ella viven personas mayores que no salen mucho de casa y gente que pasa la gran parte del día en el trabajo, así que el ajetreo es poco.
Yo vivo con mi mujer en el último portal de la izquierda, en la puerta izquierda también del primer piso. A este lado, dan las ventanas del salón y de una habitación pero lo cierto es que si te asomas no puedes ver más que la copa de un enorme árbol (tengo que enterarme de qué especie), como sólo lo podan año sí año no, este no ha tocado y las ramas están a punto de entrarnos en casa.
El otro dormitorio (sólo hay dos, el piso es muy pequeño), el baño y la cocina, dan al patio de los vecinos que viven en el bajo, detrás de cuya tapia hay un enorme y descuidado jardín propiedad de unos señores a los que nunca he visto ni entrar ni salir de su enorme casa.
Este septiembre está siendo muy caluroso y hemos tenido las ventanas abiertas la mayor parte del tiempo. No tenemos aire acondicionado, yo lo odio porque enseguida me pongo malo de la garganta. De todas formas, aunque quisiera no podríamos permitírnoslo.
Pues bien, no sabemos por cuál de las dos fachadas del edificio entró hace unos días una lagartija en casa. Fue mi mujer quien la vio corriendo por el pasillo en dirección a la cocina. Ella pegó un grito y yo acudí de inmediato (como todo lo es aquí) y busqué al reptil para intentar echarlo de casa con la escoba. Aquello era misión imposible, claro. Qué mejor sitio que la cocina para encontrar un escondite a salvo de esos gigantes de dos patas. Cuanto más ruido hacía yo, más improbable era que saliera la lagartija ya que probablemente estaría aterrorizada.
La verdad es que nuestra inquilina no parecía ni mucho menos el peor animal con el que convivir, no podría causarnos mucha molestia y muy probablemente mantendría la casa bien limpita de bichos, cosa que nunca viene mal. El problema era que mi mujer está a sólo unos días de dar a luz a nuestro primer hijo y dado mi desconocimiento de la esperanza de vida de la lagartija, no parecía la mejor idea ignorar su existencia y arriesgarnos a que ambos convivíesen en el moisés en régimen de cooperativa (incluso admitiendo que con toda seguridad, sería el juguete favorito de mi hijo).
Ahora se nos planteaba el pequeño dilema de cómo afrontar la situación. En principio, lo más lógico parecía permanecer con las ventanas abiertas para que nuestra inesperada invitada pudiera emprender su viaje de vuelta a casa. Luego nos dimos cuenta de que no iba a ser tan fácil que eso sucediera, si bien trepar por fuera del edificio debió resultarle muy sencillo al estar la pared vieja y haber sido mil veces encalada (perfecta para ir clavando sus pequeñas garras), podría serle muy dificultoso elevarse a través de un muro de resbaladizos azulejos como los que tenemos en la cocina y el baño o el recién pintado pladur de la habitación.
La segunda opción era dejar abierta la puerta de casa y que saliera por el rellano vete tú a saber hacia donde. Y así la tuvimos un rato, pero en cuanto tuvimos que salir de casa no hubo más remedio que cerrar la puerta sin saber si la lagartija aún permanecería en nuestro hogar cuando estuviésemos de vuelta.
Pasaron un par de días sin noticias del animalito, hasta que fue avistado (por supuesto no por mí, a estas alturas yo podría haberla tenido comiendo a la mesa conmigo que no me hubiera dado cuenta) de nuevo en el pasillo y al encontrarse todas las puertas cerradas se escabulló por la muy estrecha rendija que había entre dos lamas del parqué. Total, que empezó a cundir la idea (en mí, poco) no del todo descabellada de que habría que hacer algo. Mientras yo barruntaba una solución pacífica y paralamentada, G.I. Jane inició una campaña militar cuya estrategia se basaba en el uso indiscriminado de los productos químicos. Esto a mí me horrorizó ya que supuse que había menos probabilidades de que el reptil muriera que de que se conviertiera en un monstruo de tamaño mediano y ocupase mi lugar en la familia por las buenas o por las malas.
Se ve que el animalito empezó a sentirse incómodo ante tal hostigamiento y prefirió evitar los lugares en los que había más veneno, veneno que en todo caso ya se había mostrado insuficiente para acabar con él.
Al poco, ya no sé si fueron horas o días porque como digo, la lagartija era el menor de mis problemas, tuve noticias de que esta estaba tomando posiciones en el baño. Entre tanto recoveco me parecía una osadía tratar de capturarla con mis propias manos como sugirió mi padre y la posibilidad de que ascendiera en vertical hacia el exterior por el gres húmedo parecía remota. Decidí consultarlo con la almohada (en realidad no pensaba consultar nada, sólo quería ganar tiempo).
A la mañana siguiente, entré despreocupadamente en el baño y como cada mañana, me di una ducha. Una vez hube terminado con mis rutinas de aseo, fui a ponerme de nuevo las alpargatas que uso en verano para estar por casa y la pobre lagartija salió de una de ellas y se escondió debajo de unas revistas que tenía junto a la pared frente al inodoro (si no hubiese sido de cierta importancia para la narración hubiera obviado esto último). Entonces cogí un barreño de plástico que había en el baño (la razón por la que estaba ahí sí que me la voy a reservar ya que de lo contrario, mi integridad física estaría en entredicho) con una mano y con la otra levanté las revistas. El bichito estaba ciertamente confundido y no fue difícil atraparlo bajo el barreño.
En el fragor del momento, empecé a cavilar cómo podría sacar la lagartija a la calle sin lastimarla. Lo suyo hubiera sido pasar alguna superficie fina y plana por debajo del barreño para poder levantarlo y, sin dejar ningún espacio suficiente para dar pie a una fuga, llegar a la calle. El problema era que el diámetro de la circunferencia era bastante notable y no encontré nada que pudiera realizar esa función.


Decidí, por tanto, ir moviendo el barreño poquito a poco hasta salir de casa y en el rellano levantarlo confiando en que la proximidad del portal (como dije, vivimos en el primero) fuese suficiente para que la lagartija llegase sin mayor dificultad a su ecosistema originario.
Con esta idea, empecé a mover el barreño muy despacito, dándole pequeños empujones con el pie para no estresar demasiado al reptil al que oía ser presa de frenética actividad debajo del plástico.
Cuando ya estaba a punto de salir del baño, quedó en el suelo tras el penúltimo avance del convoy algo parecido a un gusano que se retorcía una y otra vez sin descanso. Me acerqué y, con gran estupor por mi parte, vi que era la punta de la cola de la lagartija (¡el famoso rabo de lagartija!). Me sentí mal ante la posibilidad de que hubiera sido yo el causante de la pérdida al intentar avanzar más deprisa de lo que el animal estaba dispuesto a hacerlo y le hubiera atrapado sin querer. Había tenido tanto cuidado que pensé que seguramente hubiesen sido sus propios nervios los que la habían hecho desprenderse de su apéndice (todo eran conjeturas ¡cuánta ignorancia la mía!) y continué progresando con muchísima precaución ya que entre el baño y el pasillo hay un listoncillo de madera (que tendrá su nombre específico, lamentablemente también desconocido por mí) que provocaría cierto desequilibrio en la horizontal del improvisado redil, pudiéndose abrir una brecha que diera fin al confinamiento.
Conseguimos salvar el obstáculo y dejamos atrás la otra mitad de la cola, esta ya tenía otro aspecto, era mucho más grande y se movía menos pero también sin cesar. Desde luego no era la visión más agradable del mundo por mucho que los programas de telerrealidad estén haciendo todo lo posible por insensibilizarnos.
Progresar por un espacio diáfano como es el pasillo fue pan comido, abrí la puerta de la calle y metí dentro de casa el felpudo para que la lagartija tuviera campo abierto hacia su libertad. Saqué el barreño al rellano y lo levanté muy deprisa entrando en casa inmediatamente, no fuera a ser que el reptil (sin duda, por error) volviese a introducirse de nuevo en casa.
Puesto que eran las ocho y media de la mañana y desde el portal entraba una espléndida luz natural, supuse que el animal descendería rápidamente el tramo de escaleras que le separaba del exterior y así pondría fin a su pesadilla. Miré por la mirilla de la puerta para ver si aún permanecía allí pero no podía distinguir nada, así que abrí la puerta y vi que la lagartija no se había movido del sitio. Me imaginé que el aturdimiento general y la pérdida de su cola, que seguramente sería traumática para ella, la habrían dejado tan desorientada que no era capaz ni de moverse.
Se me estaba haciendo tarde y tenía que irme a trabajar, así que me vestí deprisa con intención de ayudar a la lagartija a salir con ayuda de la escoba. Mientras me calzaba oí un ruido en la escalera. No le di importancia. Por fin salí a la escalera y allí estaba mi pobre compañera de fatigas, espanzurrada boca arriba y ensangrentada.
Había tardado demasiado en salir, debería haber terminado en su momento la operación, no haberme entretenido. Ahora ya, no había marcha atrás y tenía que digerir que ese bichito inofensivo ya no podría correr ni escalar nunca más. Menos mal que no le había puesto nombre, en ese caso la pérdida hubiese sido más difícil de sobrellevar (me acordé de aquél hombre de la sierra que me contó que tenía que matar a los animales de noche porque sus hijos les ponían nombre).
Supongo que alguien la pisó o la golpeó sin darse cuenta, sólo lo supongo. Mejor será no darle más vueltas, ya se sabe que con los vecinos es mejor llevarse bien o al menos no llevarse mal.
En este pesaroso estado de ánimo, me fui al colegio. Como no tenía clase a primera hora, fui directamente a mi aula para subir las persianas y abrir las ventanas con la esperanza de que una al menos ligera brisa nos ayudará a combatir el bochorno. Al subir la última de las persianas vi correteando en vertical por el cristal exterior de la doble ventana a un animal de considerable tamaño, mucho más largo y ancho que la lagartija y con una gran cabeza plana en forma de flecha. Al principio me asusté pero a continuación me pareció admirable.
Así, inicié mi jornada laboral dándole vueltas a la idea de si acaso estamos a las puertas de una nueva era de los saurios y no nos estamos enterando.

Ernestone

...y la próxima semana ¡más Poder Friki!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Que bonito! ¡Me encanta!

Ernestone dijo...

Muchas gracias!