(7 años de extravagantes aventuras)

sábado, 22 de octubre de 2011

"El beso de Zoraida" de Clark Ashton Smith


Con una mirada de reojo a los degradados suburbios de Damasco, y a la calle, poblada únicamente por las largas y vagas sombras de la luna creciente, Selim se dejó caer desde el alto muro, hacia el suelo alfombrado de pétalos y lilas en flor del jardín de Abdur Ali. La noche era tórrida, y el aire estaba cargado con el destilado aroma de un voluptuoso perfume. Aunque se hubiera encontrado en algún otro jardín, en otra ciudad, Selim habría sido incapaz de aspirar aquel perfume sin pensar en Zoraida, la joven esposa de Abdur Ali. Atardecer tras atardecer, durante las pasadas noches, en ausencia de su señor y amo, se habían encontrado entre las lilas, hasta que él había llegado a asociar aquella fragancia con el olor del pelo de ella, o el sabor de sus labios.

El jardín estaba en silencio, excepto por el argentino borbotear de la fuente; ni hojas ni pétalos se agitaban en la suave quietud. Abdur Ali había partido hacia Aleppo para un asunto urgente y no se esperaba su regreso hasta dentro de algunos días; de modo que el tibio sentimiento de expectación que Selim sentía, estaba desprovisto de cualquier sensación de peligro. Todo el asunto, incluso desde el principio, había sido tan seguro como este tipo de cosas puedan llegar a ser: Zoraida era la esposa de Abdur Ali, así que no existían otras mujeres, celosas, que la denunciaran a su señor común; y los sirvientes y eunucos de la mansión, al igual que Zoraida, odiaban al severo y anciano mercader de joyas. Incluso había sido innecesario sobornarles para ganar su complicidad. Tanto las circunstancias como las personas habían ayudado a facilitar aquel amor. De hecho, todo era demasiado sencillo; y Selim estaba comenzando a cansarse un poco de este jardín, excesivamente aromático, y de las empalagosas atenciones de Zoraida. Quizás no regresaría de nuevo tras esta noche, o la noche siguiente. . . . Habría otras mujeres, no menos bellas que la mujer del joyero, a quienes aún no había besado . . . o al menos, no a todas ellas.

Caminó hacia delante, entre los arbustos cargados de flores. ¿Había una figura oculta en las sombras, cerca de la fuente? La figura era borrosa, y vagamente confusa, pero debía ser Zoraida. Nunca había dejado de encontrarse allí con él, siempre era la primera en acudir a la cita. En ocasiones, ella le había llevado al interior del lujurioso harem; y a veces, en noches cálidas como aquella, habían pasado sus largas horas de pasión bajo las estrellas, entre las lilas y almendros en flor.

Mientras Selim se aproximaba, se preguntó por qué ella no se adelantaba a recibirle, como era su costumbre. Quizás ella aún no le había visto. Llamó suavemente: "¡Zoraida!"

La expectante figura emergió de las sombras. No era Zoraida, sino Abdur Ali. los débiles rayos de la luna destelleaban en el romo cañón de hierro y las brillantes engarzaduras plateadas de un pistolón, que el viejo mercader sostenía en su mano.

"¿Deseais ver a Zoraida?" El tono era áspero, metálicamente amargo.

Selim, como mínimo, se quedó perplejo. Parecía evidente que su aventura con Zoraida había sido descubierta, y que Abdur Ali había regresado de Aleppo antes del tiempo acordado con el fin de cogerles en una trampa. La situación se antojaba más que desagradable, sobre todo para un joven que había pensado pasar la noche con una dama muy enamorada. Y aquella pregunta directa de Abdur Ali resultaba desconcertante. Selim era incapaz de pensar en respuesta alguna, que fuera adecuada o juiciosa.

"Venid, la vereis." Selim notó la furia de los celos, pero no la salvaje ironía, que contenían esas palabras. Le asaltaban unas premoniciones harto inquietantes, la mayoría de las cuales le concernían a él mismo, en lugar de a Zoraida. Sabía que no podía esperar piedad alguna de este austero y terrible anciano; y sus probabilidades eran tan nimias que hacían difícil pensar en qué podía haberle ocurrido, o podía ocurrir a Zoraida. Selim tenía algo de egoista; y podía haber proclamado con firmeza (excepto ante Zoraida) que estaba profundamente enamorado. Su sentimiento de auto-protección en estas circunstancias, puede que fuera de esperar, pero no era digno de admiración.

4 comentarios:

WOLFVILLE dijo...

Maestro absoluto!

Kike dijo...

¡Bien dicho!

Condesadedia dijo...

¡Qué bueno era Klar-Kash-Thon! A mi me gusta más que Lovecraft. Guardo como oro en paño ni viejo ejemplar de Zothique conseguido en una feria del libro antiguo...

Por cierto, me ha parecido leer por ahí que Valdemar va a reeditarlo. Si alguien no lo ha leído, es la ocasión de hacerse con él.

Kike dijo...

Clark Ashton Smith es uno de mis escritores favoritos. Una pena que no le conozca ni Cristo.