(7 años de extravagantes aventuras)

domingo, 25 de septiembre de 2011

La historia de Albor, Véspero y Nocherniego


Erase una vez el zar de un lejano país. Tenía tres hijas de una belleza incomparable. El zar, que las cuidaba más que a las niñas de sus ojos, había mandado construir unos aposentos subterráneos y allí las tenía como a pajarillos enjaulados para que el viento no las rozara con sus ramalazos ni el sol ardiente las quemara con sus rayos. Pero las princesas leyeron una vez en un libro que existía un maravilloso mundo fuera de allí y, cuando su padre fue a visitarlas, empezaron a rogarle, llorando:

-Padre y soberano nuestro: déjanos salir a contemplar el mundo maravilloso y a pasear por el jardín frondoso.

El zar intentó disuadirlas, pero, ¡ay! ellas no querían ni oírle. Cuanto más se resistía él, más insistían ellas. Conque el zar no tuvo más remedio que ceder al empeño de las princesas.
Al fin consiguieron las lindas princesas salir al jardín y contemplar el sol esplendoroso, los árboles, las flores. Y se alegraban infinitamente de gozar sin cortapisas de aquel mundo. Correteaban por el jardín, divirtiéndose y admirando hasta la más humilde brizna de hierba, cuando un ramalazo de viento las envolvió de pronto y se las llevó en volandas, muy arriba y muy lejos, no se sabe a qué lugar ignoto.
Ayas y sirvientas corrieron asustadísimas a informar al zar de lo sucedido. El zar despachó inmediatamente a sus más fieles servidores en todas direcciones, con la promesa de una fuerte recompensa para quien descubriera lo que había sido de ellas. Pero, por muchas carreras que dieron, los servidores no encontraron nada, y volvieron conforme se habían ido.
El zar convocó su gran consejo para preguntar a los boyardos de más abolengo si alguno se comprometía a buscar el paradero de sus hijas. A quien lo lograse, le concedería la mano de cualquiera de las princesas y una cuantiosa dote de por vida.
El zar preguntó una vez: los boyardos guardaron silencio. A la segunda vez, ninguno contestó. A la tercera, nadie dijo una palabra.

-Se conoce que no tengo amigos ni defensores esforzados -concluyó el zar con el rostro bañado en amargo llanto.

Luego ordenó pregonar un bando por todo el país para ver si entre los hombres del pueblo aparecía alguno capaz de acometer esa empresa.
Por aquella misma época vivía en una pequeña aldea una viuda muy pobre que tenía tres hijos, los tres altos y recios como bogatires, y los tres nacidos en el transcurso de una misma noche: el mayor al anochecer, el segundo a medianoche y el menor cuando asomaba la mañana. Por eso les pusieron de nombre Véspero, Nocherniego y Albor.
Apenas se enteraron los tres hermanos del bando, le pidieron su bendición a la madre, prepararon sus hatillos para el camino y se fueron a la capital del reino. Se presentaron al zar, diciéndole después de inclinarse con todo respeto:

-Te deseamos largos años de vida, señor. No hemos venido a solazarnos en la corte, sino a servirte. Por eso, danos tu venia y saldremos en busca de las princesas, tus hijas.
-Que la suerte os acompañe, buenos mozos. ¿Cómo os llamáis?
-Somos hermanos y nos llamamos Albor, Véspero y Nocherniego.
-¿Qué puedo ofreceros para el camino?
-Nosotros no necesitamos nada, señor. Lo que si te rogamos es que no abandones a nuestra madre: protégela en su pobreza y en su vejez.

El zar hizo venir a la anciana madre de los tres hermanos y la albergó en el palacio, ordenando que comiera y bebiera de su propia mesa y vistiera y calzara de su guardarropa.
Los tres hermanos emprendieron la marcha. Caminaron un mes, luego otro y otro más, llegando asía una vasta estepa desierta. Al final de la estepa se alzaba un bosque virgen, y a la orilla misma del bosque había una casita de troncos. Llamaron a la ventana y no recibieron respuesta. Se colaron por la puerta y no encontraron a nadie dentro.


-Muchachos, vamos a quedarnos aquí algún tiempo para descansar después de un camino tan largo.
Se desnudaron, hicieron sus oraciones y se acostaron. A la mañana siguiente, Albor, el más pequeño, le dijo a Véspero, el mayor:
-Nocherniego y yo saldremos de caza mientras tú te quedas preparando la comida.

El mayor accedió. Cerca de la cabaña encontró un redil lleno de ovejas y, sin pensarlo ni poco ni mucho, degolló al carnero que le pareció mejor, lo desolló y lo asó para el almuerzo. Cuando todo estuvo listo, se tendió encima de un banco a descansar.
De pronto se oyeron golpetazos y un gran estrépito. Luego se abrió la puerta y entró un hombrecillo azulado, que no levantaba una pulgada del suelo y tenía una barba tan grande como él mismo. Miró furioso a Véspero y preguntó a gritos:

-¿Cómo te has atrevido a mangonear en mi casa y degollar un carnero mío?
Véspero, que era hombre soberbio, le contestó:
-Antes de hablar, procura crecer para que se te pueda distinguir en el suelo. Verás como te ahogue con una cucharada de sopa o te aplaste con una miga de pan...

Tras estas palabras, el hombrecillo se enfureció más todavía:

-¡Aunque pequeño, tengo mi genio!

Así agarró un cantero de pan y se puso a pegarle con él en la cabeza a Véspero hasta que le dejó medio muerto, tirado debajo de un banco. Luego se sentó a la mesa, se comió el carnero asado y marchó al bosque.
Véspero se vendó la cabeza con unos trapos y siguió tirado en el suelo, quejándose.
Al regresar, sus hermanos le preguntaron:

-¿Qué te ha ocurrido?
-¡Ay, hermanos! Encendí la estufa, pero de tanto calor como daba empezó a dolerme la cabeza y todo el día lo he pasado en un puro mareo, sin poder cocinar ni hacer nada.

Al día siguiente, fueron Albor y Véspero los que salieron de caza mientras Nocherniego se quedaba para hacer la comida. Nocherniego encendió la lumbre, eligió el carnero más cebado, lo degolló y lo metió en el horno. Luego, se tumbó encima de un banco.

En esto se oyeron golpetazos y un gran estrépito, y en la casa entró un hombrecillo azulado, que no levantaba una pulgada del suelo y tenía una barba tan grande como él mismo. Se puso a golpear a Nocherniego, y casi casi le deja en el sitio. Se comió el carnero asado y se marchó al bosque.
Nocherniego se vendó la cabeza y, tendido debajo del banco, no paraba de gemir. Volvieron sus hermanos.

-¿Qué te pasa? -preguntó Albor.
-Me he atufado. Me dolía tanto la cabeza, que no he podido preparar nada de comida para vosotros.

Al tercer día, los dos hermanos mayores partieron de caza y Albor se quedó en la casita. Eligió el carnero que mejor le pareció, lo degolló, lo limpió y lo puso a asar. Cuando terminó, se tumbó encima de un banco.
De pronto se oyeron golpetazos y un gran estrépito. Albor se asomó y vio que cruzaba el corral un hombrecillo azulado, que no levantaba una pulgada del suelo y tenía una barba tan grande como él mismo, llevando encima de la cabeza todo un almiar de paja y en las manos una tremenda herrada llena de agua. Dejó la herrada en el suelo, esparció la paja por el corral y se puso a contar los animales del redil. Notó que faltaba otro carnero, se enfadó mucho, entró en la casita hecho una fiera y se abalanzó contra Albor, pegándole un fuerte golpe en la cabeza.
Albor se levantó de un salto, agarró al hombrecillo por su barba tan larga y se puso a zarandearle de un lado para otro repitiendo:

-Esto para que aprendas a probar el vado antes de cruzar el río.
El hombrecillo que no levantaba una pulgada y tenía una barba que le arrastraba suplicó entonces:
-¡Compadécete de mí, recio bogatir! ¡No me quites la vida, que solo he querido defender lo que era mio!
-Bien, entonces no te mataré. Pero primero, quiero que mis hermanos te propinen una paliza como tú les has propinado a ellos.

Albor le sacó al corral y le condujo hasta un poste de roble donde le dejó sujeto clavándole la barba con una gran cuña de hierro. Luego volvió a la casita para esperar a sus hermanos.
Cuando estos regresaron de la caza, se sorprendieron de que no le hubiese ocurrido nada. Albor les dijo con risa burlona:

-Venid, hermanos, y veréis que he apresado al malandrín que os dejó tan mal parados y lo tengo sujeto a un poste.

Salieron al corral, pero el hombrecillo se había escapado y sólo quedaba la mitad de su barba clavada en el poste. Un reguero de sangre indicaba el camino por donde había huido.
Siguiendo aquella pista llegaron los hermanos hasta una grieta muy profunda. Albor fue al bosque, arrancó tiras de corteza de los árboles, trenzó una cuerda con ellas y dijo a sus hermanos que le bajaran al fondo de la tierra. Véspero y Nocherniego así lo hicieron.
Cuando Albor se encontró en aquel otro mundo, se desató y echó a andar sin rumbo. Anda que te anda, llegó hasta delante de un palacio de bronce. Se metió en el palacio, y allí encontró a la menor de las princesas, sonrosada como las flores y blanca como la nieve.


-¿Cómo has llegado hasta aquí, buen mozo: por tu voluntad o por obligación?
-He venido porque tu padre quería que encontrásemos a las tres princesas.

La joven princesa le sirvió en seguida de comer y de beber. Luego le presentó un frasquito de agua maravillosa diciéndole:

-Bebe de esta agua, y se multiplicarán tus fuerzas.

Albor obedeció y notó que adquiría una fuerza prodigiosa. «Ahora -pensó-, soy capaz de vencer a cualquiera.»

En esto se levantó un ramalazo de viento, y la princesa dijo asustada:

-Ahí viene el horrible culebrón que me tiene cautiva -y, tomando a Albor de la mano, le escondió en otro aposento.

Llegó volando un culebrón de tres cabezas y, al posarse en tierra, gritó con voz humana:

-¡Aquí huele a huesos rusos! ¿Quién te ha visitado?
-¿Quién podría llegar hasta este sitio? -objetó la princesa-. Los que ocurre es que tú has estado volando por Rusia y te parece oler aquí lo mismo que allí.

El culebrón pidió la comida, y la princesa le sirvió muchos manjares y bebidas, pero en éstas mezcló una pócima para dormirle. Después de comer y beber a sus anchas, al culebrón le entró sueño. Ordenó a la princesa que le rascara las cabezas, se recostó en sus rodillas y se quedó profundamente dormido.
La princesa llamó entonces a Albor. Este salió y, de un tremendo tajo de su espada, le cercenó las tres cabezas al culebrón. Luego encendió una hoguera, quemó en ella al odioso monstruo y aventó las cenizas por los campos.

-Ahora, princesa, debo encontrar a tus hermanas y, en cuanto dé con ellas, volveré a buscarte -dijo Albor poniéndose en camino.

Anda que te anda, se halló frente a un palacio de plata. En aquel palacio vivía la segunda princesa. Albor mató allí a un culebrón de seis cabezas y siguió su camino.
Anduvo a más andar hasta hallarse frente a un palacio de oro. Allí vivía la mayor de las princesas, y allí mató Albor a un culebrón de doce cabezas, devolviéndole a ella la libertad.
Llena de alegría, la mayor de las princesas se dispuso a regresar a su casa. Salió a un patio muy amplio, agitó un pañuelito rojo, y todo el reino de oro se redujo hasta tomar la forma de un huevo. La princesa se lo guardó en el bolsillo y partió con Albor el bogatir en busca de sus hermanas.
Las otras princesas hicieron lo mismo con sus reinos, reduciéndolos al tamaño de sendos huevos, que se guardaron cada una en su bolsillo. Luego fueron hasta el pie de la grieta por donde había descendido Albor. Entre Véspero y Nocherniego sacaron a la luz del sol a las tres princesas y a su hermano.
Todos juntos volvieron al reino donde habían nacido. Las princesas echaron a rodar por el campo cada una el huevo que traía en el bolsillo, y al instante surgieron tres reinos: uno de cobre, otro de plata y el tercero de oro. Nadie podría describir la felicidad del zar en aquellos momentos. En seguida, casó a las tres princesas con los tres valientes hermanos, y a Albor le nombró su heredero.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Mola, los cuentos populares lo petan, de pequeño leí una recopilación de cuentos chinos, nunca los he vuelto a encontrar pero me marcaron bastante. Lo habrás leído mil veces pero "Las mil y una noches" también lo peta mucho.

Loscercarlos dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Loscercarlos dijo...

Este cuento también tiene su versión en España, Juanillo el Oso (al parecer está extendido por toda Europa):

http://www.funjdiaz.net/folklore/07ficha.cfm?id=1809

Kike dijo...

Todos los cuentos tienen una o dos versiones en otra cultura. Pero el mundo eslavo mola mucho.

Moniruki dijo...

Me ha encantado, Kike, y me ha puesto muy nostálgica porque cuando era pequeña tenía un libro de cuentos populares rusos que me regaló mi padre y no me cansaba de leerlo y de copiar las ilustraciones que eran maravillosas, de hecho se parecían a algunas de las que has puesto en el artículo.

Anónimo dijo...

Los protagonistas del cuento para ser unos heroes se comportaban como unos bandidos, colándose en casas y matando el ganado ajeno. El hombrecillo estaba en su completo derecho a zurrarles cuando les pilló en su casa.

Recuerdo cuando era pequeño que pusieron unos dibujos sobre cuentos populares rusos como el del campesino que tiene que hallar el escondite perfecto para conseguir la mano de la hija de un hechicero o el príncipe que tenía que rescatar a una princesa y todas las hazañas eran realizadas por su escudero.

Kike dijo...

En todas las leyendas antiguas los héroes tienen valores morales o comportamientos que hoy día consideramos reprochables.

No creo que estos personajes jamás pretendieran ser modelos de conducta.