(7 años de extravagantes aventuras)

martes, 5 de julio de 2011

CONCURSO DE RELATOS COLOSALES: "Hechicerías" de Dani Pé


La estepa se plegaba interminablemente hasta donde alcanzaba la vista. Las colinas cubiertas por arbustos en flor y los valles en los que serpenteaban ríos pantanosos parecían las olas rompientes de una mar océana formada por cambiantes flujos de yerbas mecidas por el viento. Pero Ogodai, el jinete arquero, no lo entendía así porque nunca había visto el mar; para él la estepa era su mundo, su hogar, su ambiente.

-¡Ssshiiiii! -Espetó tirando de las riendas y deteniéndose en lo alto de un corte de roca. -Argish, viejo canalla, -dijo a su caballo enano, -creo que ya entiendo lo que es una isla.

Desmontó y dejó a Argish ramonear mientras él se acariciaba los bigotes y fijaba su vista en el puntito negro que flotaba justo sobre la línea del horizonte. Aquel mago extranjero le había explicado que una isla es un trozo de estepa que está aislado del resto de la tierra por, por ejemplo, agua. Ogodai no conseguía imaginar tanta agua junta. Puesto a creer en la existencia de islas, le resultaba mucho mas factible la que tenía delante, una que flotaba en el aire.

Le costó otros dos días de marcha alcanzar Colossa. Al verla de cerca sintió vértigo. Parecía una montaña silenciosa deslizándose perezosamente sobre una nube. Aquello desafiaba a las imaginaciones mas elevadas. El pináculo de roca inferior de la isla casi rozaba el suelo durante su vagar cansino. Jinete y montura subieron sobre Colossa gracias a una pista perfectamente tallada que, como si de un tornillo se tratase, subía en espiral hacia las alturas.

Frondosos bosques crecían entre las escarpaduras de la cara superior, los pájaros canturreaban y cientos de mariposas de colores batían sus alas en los claros a resguardo del viento. Era un lugar tranquilo e inquietante, sacudido por temblores regulares. Curioso por naturaleza, el arquero kerguita exploró toda Colossa encaramándose a los árboles y rebuscando entre las piedras. Su équido compañero, mientras tanto, trotaba por ahí, aparentemente alegre por estar en un campo flotante en movimiento.

Encontró una caverna extraña embutida en un nicho de roca cuya boca de entrada estaba rodeada por un anillo de hierro. Ogodai lo pensó unos instante mientras mesaba sus bigotes, luego silbó para avisar a Argish y se introdujo por el hueco. La curiosidad y el deber le movían. Tras algunos pasos la tierra batida dio lugar a un suelo de hierro y el túnel, perfectamente cilíndrico, se volvió realmente oscuro. Empezó a dudar, pero siguió adelante apretando entre sus dedos el cuchillo curvo que colgaba de su cinturón.

Las luces que pudo ver al avanzar por el túnel resultaron ser unos puntitos luminosos incrustados en las paredes metálicas de la habitación esférica en la que desembocaba el pasadizo. Era un lugar horrible, construido con artes oscuras y amueblado con objetos desconocidos de aspecto siniestro. En el centro, maniatada incomprensiblemente por un centenar de correajes negros que llegaban de todas direcciones y colgaban distendidos como serpientes, había una hermosa muchacha de ojos rasgados y piel morena arropada únicamente por una gasa delgada.

-¡Princesa Talili! -Exclamó el arquero. Un miedo atroz recorrió su espinazo. Fue hasta el centro del cuarto y empezó a arrancar desesperadamente aquellos correajes.

-¿Confundido, primitivo? ¿Asustado tal vez?

Ogodai se dio la vuelta y trastabilló de espaldas por la impresión. Allí estaba Sokurah, el mago extranjero, quien había aparecido en la Gran Yurta del Khan de Kergit para ayudar a un padre a recuperar a su hija, quien recomendó enviar un jinete en cada dirección para encontrar la isla de Colossa donde un demonio la mantenía secuestrada. ¡Sokurah, traidor de traidores, que ahora estaba allí y le apuntaba con un objeto de aspecto extravagante!

-Estúpido primitivo, -dijo el mago, -tienes miedo y no sabes porqué, ¿verdad? ¡Si tu supieras! Resulta que la fuente de energía mas eficiente que se conoce es el sufrimiento humano. Ahora mismo estamos en el interior de un nódulo amplificador de dolor que es la célula de energía de un motor de...

-So... so... ¡¡Sokurah!! -Chilló el kerguita incrédulo.

-Oh, ya, bueno... Ramírez, auxiliar de tercera, si no te importa. Tuve que inventarme lo del mago porque sois un poco medievales...

-¡Eres... eres... un demonio! ¡Tú secuestraste a Talili!

-Ajá, -asintió el brujo con mirada lujuriosa, -el caso es que la secuestré a ella porque me gustaría divertirme durante el viaje de vuelta, ¿sabes? ¿Darle un poco a la cadera? Además siempre es mas fácil reducir a una niña que a un hombre adulto. Luego, fíjate que cosas, descubrí que no se puede desconectar a alguien del amplificador con el cacharro esté en marcha. ¡Puff... tuve que leerme mogollón de manuales! Respecto a ella, ya la educaré con mi morcillona. Mientras tanto necesito a alguien resistente para que aguante como un campeón, ¿me sigues? Así que... bueno, soy ultra-poderoso, te puedo matar en cualquier momento, y tal, y tal... ponte ahí que te enchufo...

Ogodai no lo sabía pero en su pelo habían aparecido mechones blancos. Su corazón bombeaba tan deprisa que parecía que iba a estallar. Echó a correr en círculos buscando una salida, empujándolo todo y tirando las cosas al suelo. Del cilindro que sostenía Sokurah empezaron a brotar chorros de poderosísima luz que lo aniquilaban todo, comenzaban incendios y abrían agujeros en las paredes.

-¡Quieto! ¡Sooo! ¡Animalazo! -Conjuró el hechicero, y los rayos siguieron apareciendo y destruyendo. La isla al completo se sumió en temblores y espasmos fortísimos.

-¡¿Qué?! -Exclamó Sokurah. Dos círculos oscuros rodearon sus ojos, -¡maldita pistola, está en intensidad máxima! ¡He agujereado el reactor de sufrimiento!

Asustado abandonó la habitación. El fuego se extendió y empezó a devorarlo todo. De pronto, los puntos de luz de las paredes cambiaron de color y parpadearon como un millar de ojos furiosos. Ogodai tomó a la princesa en brazos y la arrastró al exterior por el túnel por el que había entrado.

Arguish les esperaba. Montaron, la princesa inconsciente en brazos del guerrero, y comenzó una cabalgada por la supervivencia. El temblor aumentó en intensidad. El suelo se resquebrajó, se abrieron fisuras, se alzaron las rocas, los árboles caían por los costados y grandes terrones de tierra granizaron sobre la llanura.

Brincando por encima de los abismos y esquivando los obstáculos, el pequeño caballo de las estepas corrió veloz, trotando sobre sus patas cortas, su vello rizado al viento, recordando las elegantes hazañas de los equinos de las estepas que eran sus antepasados. Un último salto, desde el camino espiral que se deshacía en pedazos, y los tres llegaron al suelo mas o menos sanos; el caballo con una pata rota y Ogodai y la princesa dando volteretas sobre la hierba húmeda.

La isla de Colossa, como un leviatán magnífico, se precipitaba fantásticamente desde lo alto, arrastrándose por la superficie, herida de muerte, enferma por unas bolas de fuego que asomaban aquí y allá. Se deshizo contra el suelo a modo de gigantesco torrezno de tierra. Al caer los bosques y marcharse los pájaros, al deslizarse las placas de barro y las rocas y las cascadas de arena, quedó expuesto el corazón metálico, brillante y fantasmal, que para entonces ya se arrugaba como un acordeón; y sobre éste, impresos, unos caracteres incomprensibles: USS COLOSSUS.

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Al final de esta misma entrada podréis ejercer de jueces en esta emocionante contienda literaria... ¡el destino de Colossa está en vuestras manos!

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4 comentarios:

Mpinto1989 dijo...

Me ha encantado este relato, muy bien escrito, muy original y no le falta su puntito de humor. Estupendo ;)
Harryhausen +2

Ka-29 dijo...

Harryhausen +2

Qué historia tan original

Haderak dijo...

Muy bueno, una mezcla de Conan y Star Trek con humor del Jueves :)
Harryhausen +2

Ruslan dijo...

Interesante, interesante...

Harryhausen +1