(7 años de extravagantes aventuras)

miércoles, 6 de julio de 2011

CONCURSO DE RELATOS COLOSALES: "Más allá de la ambición" de Josh Cell


Kavin, “el buscador”. Así se le solía conocer. Un lobo de mar con insaciable sed de aventuras. Nada se le resistía. Él, más que nadie, había desentrañado los misterios más irresolubles, revelado las tierras más remotas, y diezmado los seres más terroríficos y estremecedores que el ojo del ser humano ha sido capaz de apercibir, sin derramar una lágrima o una sudorosa gota de puro pavor. Él, que todo lo habia logrado, nada le quedaba por hacer, excepto Colossa.
Nadie se acercaba allí. En mitad de la mayor masa de agua conocida, limítrofe solo con el salvaje oleaje de las mareas en un radio de centenares de millas. Allí estaba Colossa, en ningún lugar.

“Solo tú podrías llegar allí y volver”, le decían los borrachos en las tabernas.
“Serías el hombre más codiciado del reino si lo lograras”, le decían las dulces damiselas, y las indómitas fulanas.
“Te otorgaríamos un título a la altura de tu gesta”, le decían los nobles.
Tan gratificantes promesas y ofrendas deleitaban los oídos del vanidoso explorador; pero las malas lenguas también hacían mella en él: “No tendrá valor para acercarse a las arenas costeras de Colossa”, comentaban pueblerinos entrometidos que le tildaban de pusilánime. Quizás la única intención tras aquellas palabras era la provocación, pero herir su orgullo y reputación eran factores suficientes para tomar la determinante decisión de embarcarse hacia la isla.

Viajó solo, sin la ayuda de nadie más. No solo quería demostrar que podía llegar, sino que quería hacerlo él solo, abarcar toda la gloria unánime en su retorno, vivir bajo la opulencia, y destacar como el más grande de la historia de los exploradores, sin compartir un ápice de su proeza. Fama, nobleza, riquezas, mujeres… lo quería todo para él.

No imaginaba lo que encontraría en aquel lugar.

Varios días pasaron con Kavin viajando sin cesar de día, y echando el ancla al mar de noche. Su llegada a la isla fue acompañada de una gran satisfacción interior, junto a la curiosidad imprudente de un felino cachorro. Decidió explorar la isla, y comprobar si las leyendas de tesoros y riquezas eran ciertas; y lo eran, pero no solo los mitos de bienes eran ciertos.
Toneladas de oro y diamantes aguardaban tras el custodio de seres nacidos del inframundo, abominaciones creadas de las imaginarias pesadillas infantiles, y de no tan pueriles individuos.
Gigantes de un solo ojo, y extremidades del tamaño de vacas. Dragones que fundían el granito con su candente y fulgurante aliento. Muertos de ultratumba que se erguían sobre sus huesudas y quebrantadas piernas, y alzaban sables con la presteza de un paladín…
Muchos se intentaron interponer en el camino de Kavin, pero superó todos los retos.

Al final de su recorrido, en el corazón de la isla, se hallaba un templo. Sus rocas habían sido talladas por civilizaciones milenarias, y sus columnas limadas por el viento tropical. En su interior, esculturas bañadas en oro, tiaras de diamantes, brazaletes de zafiros, báculos con grabados de platino en su empuñadura… había más joyas de las que podía contar. Pero algo en especial llamó su atención.
En el fondo, una figura con capa se levantaba al paso de Kavin. Una túnica andrajosa, fuera de comunión con el resto de la estancia, dejó ver el rostro de un anciano demacrado y famélico. Una temblorosa voz salía de sus labios, con apenas impulso para alcanzar el oído del explorador.

Has tardado en llegar, joven. –decía el anciano.
¿Quién eres? –preguntó Kavin con notable intriga.
Soy el amo y señor de Colossa. Yo he dominado estas tierras y todos los seres que la pueblan durante eones. –replica el anciano con mirada altiva.
Esos monstruos con los que he luchado… ¿los mandaste tú? ¿Por qué? –responde Kavin con tono desafiante.
Para ponerte a prueba, y comprobar así si eres digno de ser mi sucesor. –afirma el provecto hombre- No he tenido descendencia, ni queda hombre en La Tierra que comparta mi sangre. Es lo que tiene ser inmortal.
Espera, ¿qué has dicho? –pregunta Kavin, anonadado ante las palabras del viejo.
Joven, si aceptas ser mi sucesor como premio al superar mis pruebas, recibirás el don de la inmortalidad, y el control absoluto de esta isla. –sentenció el anciano con mayor potencia en sus palabras.

Kavin accedió sin pensárselo dos veces ante la oferta con un singular brillo en los ojos, e hizo un juramento ante un arcaico ídolo que se hallaba tras el trono del viejo. Recitó las palabras que le fue dictando el vetusto hombre, y así concluyó la particular ceremonia para nombrar a Kavin como el legítimo dueño de Colossa.
Cuando se incorporó sobre sus rodillas, Kavin se percató de unas finas cadenas que sobresalían de los laterales del ídolo, y sin tiempo a darse la vuelta, un estruendoso ruido de metal chocando contra el suelo le sobresaltó. Al girar su cuerpo, vio como unos grilletes, antes ocultos por las andrajosas telas, se dejaban ver bajo los pies del longevo anciano. Sin tiempo a reaccionar, estos se lanzaron hacia las muñecas de Kavin, y se sellaron mágicamente, oprimiendo con fuerza las extremidades del chico.

Idiota, eres más ingenuo de lo que creía. ¿Pensabas que podrías obtener la inmortalidad y seguir con tu vida, disfrutando de los lujos y fortunas de este lugar? ¿No te paraste a pensar el porqué de que yo siguiera retenido aquí, y no lo hubiera hecho antes? –decía el anciano entre risas maliciosas.
¿Querías intercambiar conmigo tu posición? ¿Por qué? ¿Y por qué me mandaste esos monstruos entonces? –preguntó Kavin, con una clara expresión de horror en sus ojos.
Tenía que sonar convincente cuando llegases. Esos seres se dejaron ganar a mi voluntad. Fue el sacrificio a mi reemplazo. Y acerca de la razón por la que hago esto, es bien sencillo: quiero morir.
¿Cómo dices? –preguntó Kavin atemorizado e incrédulo al mismo tiempo.
La inmortalidad no es un don, es una maldición. Como te prometí, tendrás poder sobre esta isla, pero no saldrás de ella jamás. Es tu precio a pagar por la codicia que te corrompe.
Puedo intentar romper estas cadenas. Aquí hay diamantes afilados, y espadas, y…
¿Y crees que no lo intenté? Resígnate, joven –un silencio sepulcral inunda la estancia, con Kavin cabizbajo, maldiciéndose por su egolatría, soberbia, y avaricia, quienes le habían llevado hasta esa trampa-. Gracias por este regalo. –el anciano se disuelve en una nube de polvo, poniendo fin a su vida, y desapareciendo ante la vista de Kavin.

En las posteriores horas, Kavin trató de arrancarse los grilletes, golpeándolos contra las paredes, contra los metales, contra los diamantes… Todo resultó en vano. El agotamiento acabó derrotándole, y la ausencia de hambre y sed en los siguientes días le anunciaron el fin de sus días como ser humano. Finalmente, se sentó en el trono antes perteneciente al viejo, y aceptó resignado su destino, el fin de sus días como explorador, y el inicio de su reinado en la maldita isla de Colossa, abandonada en ninguna parte, donde nadie se acercaría jamás.

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Al final de esta misma entrada podréis ejercer de jueces en esta emocionante contienda literaria... ¡el destino de Colossa está en vuestras manos!

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3 comentarios:

Haderak dijo...

Me ha gustado mucho.
Harryhausen +2

Marta dijo...

Muy bonito

Harryhausen +1

Loscercarlos dijo...

Me ha gustado, sí señor.
Harryhausen +1