(7 años de extravagantes aventuras)

viernes, 18 de febrero de 2011

Relato cabrón

Un misterio, una muerte y un matrimonio
por Mark Twain


Condenado a muerte por el asesinato de David Gray, que cometí hace un año, escribo esta verídica crónica de mi vida. Me llamo Jean Mercier. Nací en un pueblo del sur de Francia. Mi padre era barbero. Yo aprendí el oficio y lo ejercí por un tiempo. Pero poseía talento y ambición. Sin ayuda de nadie, me instruí yo mismo en una especie de educación universal. Aprendí muchos idiomas, llegué a un alto nivel en el campo de las ciencias y desarrollé una aptitud más que considerable como inventor y mecánico. Me adiestré en la navegación por mar. Más adelante probé suerte como guía, como cicerone. Llevé turistas por todo el mundo. Finalmente, en mala hora, caí en manos de un tal monsieur Jules Verne, escritor. Ahí empezaron mis tribulaciones. Me pagó un buen salario y me mandó de aquí para allá a bordo de toda clase de odiosos vehículos. Después escuchaba mis aventuras y hacía un libro a partir de cada uno de mis viajes. Eso no habría sido censurable si se hubiera ceñido a la realidad; pero no, a él no le bastaba y tenía que agrandarla. Transformó mis simples experiencias en insólitos y tergiversados portentos. No puedo expresar con palabras la humillación que eso representó para mí, ya que yo era muy puntilloso en cuestiones de veracidad y honradez... por aquel entonces. Todos mis amigos conocían mi empleo; pensaron que aquellas atroces narraciones habían sido transcritas tal cual yo las había contado, y uno por uno me retiraron primero el crédito y luego la palabra. Me quejé a monsieur Verne en repetidas ocasiones, pero de nada me sirvió. Aquel monstruo me envió río Sena abajo en una barcaza vieja y agujereada; cuando regresé, escuchó mi relato, se puso manos a la obra y lo agrandó hasta producir ese lamentable libro titulado Veinte mil leguas de viaje submarino. Después compró un globo de segunda mano y me hizo subir en él. Aquella vieja bolsa se elevó en el aire, recorrió unas doscientas yardas y se vino abajo, yendo a caer en un ladrillar, y yo me rompí una pierna. El resultado literario de ese viaje fue el libro que lleva por título Cinco semanas en globo... ¡Cruel engaño! Me obligó a realizar un par de cortos y absurdos vuelos más en aquel maltrecho artefacto y escribió descabellados libros al respecto.

Más adelante me envió desde París hasta un mísero pueblo en la otra punta de España, y en una carreta tirada por bueyes. Pasé casi un año por esos caminos, y estuve a punto de morir de desánimo e inanición antes de volver. ¿Y cuál fue el resultado? ¡Pues La vuelta al mundo en ochenta y cinco días! Remendó su patético globo y volvió a mandarme de viaje una vez más. Me quedé suspendido entre las nubes sobre París durante tres días, esperando a que soplara el viento, y luego caí de pronto en el río, pillé unas fiebres y tuve que guardar cama más de tres meses. Mientras yacía enfermo, me atormenté pensando en mis desgracias y poco a poco ciertas especulaciones criminales comenzaron a resultarme familiares... o gratas, debería decir. Cuando me recuperé, me anunció que había equipado a la perfección el globo, y tenía el propósito de acompañarme en la siguiente expedición. Me alegré. Acariciaba la esperanza de que nos rompiéramos los dos el cuello. Monsieur Verne cargó en el globo su bolsa de viaje, su abrigo de piel y el resto de su elegante vestuario, junto con abundantes provisiones e instrumentos científicos. En el momento en que partíamos, puso en mis manos su tergiversación de mi último viaje, un libro titulado La isla misteriosa. Lo hojeé, y aquello fue la gota que colmó el vaso. El aguante de la naturaleza humana tiene un límite. Tiré a monsieur Verne del globo. Debió de caer desde una altura de cien pies. Confío en que encontrase la muerte, pero no tengo constancia de ello.

Como es lógico, no deseaba ir a la horca, así que arrojé al vacío los instrumentos científicos para aligerar el peso de la nave. A continuación me vestí con las exquisitas ropas de monsieur Verne y comencé a deleitarme con sus manjares y vinos. Pero había aligerado más de la cuenta el peso de la nave. Ascendí a tal altitud que el sueño se apoderó de mí y finalmente perdí el conocimiento. A partir de ese instante no me enteré de nada hasta que desperté en el prado de John Gray, tendido en la nieve. Ignoro qué fue del globo. Pero sí sé, por las fechas, que viajé de Francia a Missouri en dos días y veintiuna horas. Y ahora comprenderá John Gray cómo me las arreglé para atravesar el prado sin dejar huellas. Tenía curiosidad por saberlo, el pobre; pero consideré que si se lo contaba, la noticia se difundiría y acabaría en los periódicos, llegaría a Francia y entonces algún entrometido querría saber si aquel aeronauta extranjero podía acaso arrojar un poco de luz sobre los últimos momentos de monsieur Verne.




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1 comentario:

Sonja dijo...

Pues sí que es mordaz el relato, no tenía ni idea, qué curioso.