(7 años de extravagantes aventuras)

miércoles, 5 de enero de 2011

El relato estival del Kobold Pascual

Pascual ha estado un poco ausente desde navidades del 2008... cosa que a mi me apena, como su amigo y agente de prensa. Aquí, el compañero, quiere disculparse. Por que, en realidad, no ha sido la pereza lo que le ha mantenido alejado del blog, sino la necesidad. Efectivamente, la famosa "crisis" llega inclsuo hasta los rincones más oscuros de la Isla de las Fiestas. Ahora Pascual, además de dibujar tiras cómicas y hacer chapuzas caseras, se saca un sobresueldo escribiendo módulos para Dungeons & Dragons 4ª edición (cosa que le toca muchísimo los cojones, puesto que es una edición lamentable).

Pero como este reptil de sangre muy caliente siente un especial aprecio hacia vosotros, lectores de Poderfriki.com, ha decidido regalaros una de sus últimas historias. El año que viene quiere ponerse con una novela para ganar el Premio Planeta (de los simios) pero antes tiene que "farmear" un poco para subir dos o tres niveles.




Tras desayunar y ver las noticias de la mañana, hay pocas cosas más reconfortantes en un viernes invernal que una buena ducha de agua caliente. Es el mejor momento del día. La consecución final del triunfo de la civilización occidental sobre la barbarie.

Tras desayunar y ver las noticias de la mañana, el protagonista de nuestra historia sólo tenía el deseo de pasar unos minutos en armonía con el elemento primigenio. Carecía de más sueños y ambiciones. No ansiaba tesoros ni conquistas.

¡Ay! Pero las nornas habían tejido otro camino para nuestro trágico héroe, aquel espantoso siete de Enero.

Ignorante de los horrores que se avecinaban, se introdujo en la bañera y se dispuso a activar el curioso artefacto que permitía viajar al agua grandes distancias en cortos periodos de tiempo. Seleccionó “45 grados” en el indicador de temperatura y abrió totalmente el indicador de potencia. Entonces tuvo lugar la hecatombe. Algo que jamás olvidaría.

De repente, dos partes de hidrógeno y una de oxígeno se estrellaron contra el cuerpo desnudo de nuestro desgraciado protagonista a temperaturas glaciares. El dolor que sintió al contactar aquel líquido cristalino con su piel sólo podría compararse con un millar de cuchillos afilados lanzados con destreza sobre su espalda.

Toda la ciudad quedó consternada al oír un monstruoso alarido, similar al que podría emitir un gran simio que lucha desesperadamente por su vida. Y eso era, de hecho, lo que estaba ocurriendo.

Nuestro héroe, tras haber fracasado en su enfrentamiento contra la adversidad, tuvo que salir de la bañera y reflexionar. Primero, decidió ponerse la ropa que, convenientemente, había preparado. Vestirse sin una ducha previa… ¡como los animales!

Una visita a la caldera desveló que esta se encontraba en un estado lamentable. Harían falta muchas jornadas y grandes cantidades de recursos para repararla correctamente. ¿Que opciones le quedaban, pues?

Había un gimnasio cerca. Podría apuntarse velozmente, firmar unos cuantos papeles, pasar dos horas bajo el agua caliente y después olvidarse por siempre de haber visitado el lugar… pero, ¿que se estaba planteando? ¡No, maldita sea! ¡Antes MUERTO que entrar en semejante necrópolis!

Con el espectro de la desdicha sobre sus hombros, pero haciendo gala de una férrea determinación por la supervivencia, el guerrero sin nombre cruzó las heladas calles de su ciudad para alcanzar el domicilio de un amigo.

Enfrentándose a la furia de eolo, el protagonista de este relato logró atravesar una inmensa distancia hasta verse ante una puerta que, quizás, significara su salvación.

Pero nuevamente los hados jugaron con las esperanzas y sueños de este buen ciudadano. Encontróse el que fuera otrora su hermano de armas reunido con la familia. Y ninguna hospitalidad mostró por el desafortunado viajero.

No importaron las bellas palabras que nuestro héroe empleó. Ni lo exasperante de su situación. No importó la lealtad ni las promesas. Se le prohibió cruzar el umbral. Perdiendo la oportunidad, una vez más, de asearse como es debido.

Otro contratiempo más que, sin embargo, no consiguió herir a nuestro héroe. Unas puertas se cerraban pero otras se abrían... ¿y si fabricaba su propio sistema para calentar y, posteriormente, distribuir agua? Los aristócratas europeos del siglo XVIII no disponían de ingenios eléctricos y, sin embargo, poseían un nivel de vida bastante aceptable. ¡Qué demontres! ¡En la antigua roma ya existía el agua corriente! ¡¡Y los romanos eran los inventores indiscutibles del hedonismo!! Era lógico que veinte siglos años de avances científicos pudiesen proporcionarle una considerable ventaja sobre sus ancestros.

Pero, como suele ocurrir, aquella era una idea más fácil de formular que de llevar a cabo. Llenar un cazo de agua y ponerlo sobre la vitrocerámica parecía un esfuerzo totalmente fútil. ¿Cuanta agua debía utilizar? ¿Pensaba llenar una bañera entera con ello? ¡Nadar en su propia suciedad, que asco! Aunque echarse el agua por encima una y otra vez quedaba descartado por razones logísticas. Pero entonces, ¿cuanto tiempo debía dejar los líquidos sobre el fuego? ¡No podía arriesgarse a quedar hervido cual langosta! Aunque, si necesitaba más de un cazo, ¿no significaba eso que el agua se enfriaría mucho antes de que le diera tiempo a entrar en la tina?

Lo peor es que cualquier forma de solucionar aquel conflicto no sería sino un remiendo pasajero. ¿Importaba realmente poder disfrutar de su ducha ese día concreto...? Y es que al despertarse a la mañana siguiente, el problema seguiría ahí, riéndose de todo en cuanto creía.

Tras perder tantas batallas, nuestro héroe acabó derrumbándose. Se le acababan las ideas y sus fuerzas flaqueaban. Hasta ese momento había tratado de mantener la compostura, como un capitán que debe conservar alta la moral de su tripulación. Pero el barco estaba a la deriva y no quedaban suministros. No tenía sentido seguir engañándose con vagas ilusiones de triunfo...

Mas, poco antes de que la desesperación se apoderara por completo de un hasta entonces aguerrido corazón, tuvo lugar el liberador Deus Ex Machina de esta historia. Sonó el timbre cuatro veces. Y, como bien sabía nuestro protagonista, aquello sólo podía significar una cosa.

Desganado, el héroe abrió la puerta. Al otro lado le esperaba su amada progenitora. Con un gesto agradable, la mujer deseó “felices fiestas” al muchacho que le había abierto la puerta y le hizo entrega de un espantoso angelito mecánico con luces de diversos colores y estridentes villancicos.

Sorpresivamente, aquella señora feliz y despreocupada informó a su retoño que partiría a la playa junto a su marido... durante dos semanas enteras. Los ojos de nuestro héroe se iluminaron como si acabase de encontrar un yacimiento de plata. Preguntó si debía, por lo tanto “cuidar de la casa”. La respuesta fue afirmativa. Tras esto, decidió que lo mejor sería irse “inmediatamente”. Había que regar las plantas y dar de comer al gato.

Y es así, amigos míos, como el espíritu humano triunfó una vez más sobre las inmisericordes artimañas de la madre naturaleza.

FIN

Moraleja que extraer del relato: las cosas más sencillas de la vida se convierten en dones maravillosos cuando, para conseguirlas, has tenido que sufrir más que un cerdo en el matadero.

Otra moraleja que extraer del relato: da igual lo independiente que te creas. Al final, sólo se puede confiar en la familia. ¡Que mensaje tan navideño!


Muchas gracias por el obsequio, Pascual. Esperamos ansiosos tus próximos triunfos.

1 comentario:

YNAD009 dijo...

excelente historia!
la capacidad histrionica del joven Pascual es increible.
El prroximo dramaturgo del siglo XXI
me encanto la historia
las adversidades del protagonista, ¿Quien no se ha sentido asi alguna vez en su vida?
definitivamente un relato que eleva la moral y deja un mensaje significativo.
saludos